Acuerdo de París, un legado de esperanza un llamado para la acción y la ambición
Hace exactamente 10 años el mundo celebraba la adopción del Acuerdo de París y lo equiparaba con el logro al alcanzado varias décadas antes con la Declaración Universal de los Derechos Humanos y ello no fue, ni es al día de hoy, exagerado, por lo que los motivos para celebrar una década de tan importante instrumento internacional siguen tan vigentes hoy como en Diciembre de 2015 en que salimos de París, de la COP21 llenos de esperanza.
Vamos por partes. La adopción del Acuerdo de París fue el resultado de un conjunto de factores, pero quiero referirme en especial a la voluntad política reflejada en el consenso alcanzado en un proceso multilateral que se sustentó fundamentalmente en consideraciones económicas, información científica y valores éticos.
Desde 1992 en que se adoptó la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático el mundo lo hizo siendo consciente de cuánto el sistema sobre el cual se sustentaba el modelo de desarrollo, basado en inequidades, explotación desmedida de los recursos naturales y desprecio a los límites del planeta, debía ser cambiado y creo que esa es la mejor manera de describir dicha Convención. Una Convención que reconoce la necesidad de cambiar el sistema económico, de fortalecer la inclusión y reducir las desigualdades bajo el principio de “no dejar a nadie atrás” todo ello en función a la información científica que proveyó el sólido sustento al proceso de toma de decisiones políticas. Ese es el gran valor del proceso.
Pero a su vez se sabía que este acuerdo “marco” debía ser gradual y urgentemente consolidado, con la adopción de subsecuentes mecanismos y acuerdos que pudieran no solo hacernos conscientes del “sentido de urgencia” pero en especial de la necesidad de alcanzar objetivos de mitigación y resiliencia y en ello el Protocolo de Kioto fue un avance, pero de hecho insuficiente en generar un proceso construido sobre una visión colectiva, pero además con la misión de involucrar a todas las Partes y actores en la implementación de acciones que pudieran alcanzar dichos objetivos.
Eso es el Acuerdo de París. Un instrumento diseñado con una sabia estructura, con un umbral que nadie desconoce, 1.5 grados Celsius como “límite” de incremento de temperatura promedio del planeta, dos claros objetivos el de mitigación y resiliencia; los planes climáticos nacionales o NDCs como mecanismo central de implementación, sustentado en un mecanismo de mejora gradual de ciclos quinquenales, a partir de balances globales, que permitiesen generar más responsabilidad, rendición de cuentas y credibilidad, complementado con la exigencia de preparar estrategias de largo plazo y con 3 pilares de soporte; las finanzas climáticas, la construcción de capacidades y la transferencia tecnológica.
Es también el resultado de un proceso sustentado en el principio de CBDR-RC (Responsabilidades Comunes pero Diferenciadas sustentado en las capacidades respectivas) en donde cada Estado, cada Parte, pero a su vez cada actor y ciudadano tiene una obligación que cumplir. Un proceso construido desde la base de las realidades domésticas pero iluminado por una visión colectiva global y un proceso de mejora gradual.
Además, un logro sustentado en el hecho poco comentado que el proceso climático es sin lugar a duda el más democrático de los procesos multilaterales y en ese sentido el Acuerdo de París no solo fue el resultado del consenso alcanzado entre Partes, pero fruto del impulso logrado desde la activa participación y el rol de la Agenda de Acción Climática lanzada el 2014 en la COP20 en Lima. Hoy en día muchos suelen criticar la masiva participación en COPs en donde se alcanza participación de más de 50 mil personas, pero sin esa participación y en las circunstancias actuales de amenaza al proceso climático, es esa participación la mayor línea de defensa contra resistencias, negacionismos, lobbies y escépticos.
El Acuerdo de París debe ser además visto como un instrumento dinámico. No solo por el logro alcanzado el 2015, pero más bien por los procesos impulsados desde su esencia. Hoy día el debate climático es fundamentalmente económico. Consideraciones climáticas en las decisiones sobre inversiones, fondos, bonos e incluso políticas públicas macro económicas son más frecuentes. Actores económicos organizados sectorialmente bajo propósitos comunes, adoptando estándares y metas a ser alcanzadas no más tarde del 2050 han permitido una dinámica económica que tiene como reflejo positivo una mejora en la tecnología orientada a promover fuentes de energía renovables no convencionales, a menor precio y con mayor capacidad de generar empleo decente e inversión. Es claramente la economía y el hecho que el Acuerdo de París y el debate climático es fundamentalmente uno de competitividad y desarrollo el que seguirá definiendo el camino a seguir.
A su vez, aunque de manera silenciosa el debate climático ha impulsado un debate ético, felizmente impulsado por la COP30 a partir de la organización de un Debate Ético Global. La dignidad humana como enfoque basado en el reconocimiento de las desigualdades y la consecuente vulnerabilidad ha llevado no solo a reconocer la resiliencia como objetivo y la adaptación como acción concreta, pero a adoptar consideraciones alrededor de la Transición Justa, el mecanismo de Pérdidas y Daños y más recientemente consideraciones hacia la justicia climática. Esto último se ha visto magníficamente reflejado en la Opinión Consultiva de la Corte Internacional de Justicia.
Un tercer elemento impulsado desde el Acuerdo de París es el proceso politico complementario que va más allá de la simple consideración sobre el rol de las COPs climáticas. Muchas voces son críticas de la reducida velocidad en el proceso de toma de decisiones en las COPs frente al sentido de urgencia determinado por la información científica y las consecuencias de los eventos climáticos extremos, pero tengamos en cuenta dos elementos. El proceso climático multilateral siempre será complejo en la búsqueda de consenso alrededor de 200 países, pero la evidencia del progreso económico, del nivel de toma de conciencia pública y de la mejora tecnológica es innegable y más que ello, el debate climático es hoy día un debate que se da cada día del año quizás de manera más activa y concreta que en las COPs y ello es resultado de las virtudes del Acuerdo.
Somos conscientes que el proceso climático se encuentra bajo amenaza, por la reducción en el respaldo político de ciertos Estados incluso reflejado en el retroceso en sus propias políticas climáticas internas. Pero siempre recordemos algo. Dicha situación es de hecho temporal frente a una de las mayores virtudes del Acuerdo de París, su visión de largo plazo y las metas de mediano y corto plazo para avanzar gradualmente al cumplimiento de sus objetivos. La ruta en la carretera del proceso climático no será nunca fácil, pero saber a dónde queremos llegar llevará cada día a mejorar nuestras capacidades de vencer obstáculos. Ese es el legado del Acuerdo de París.
Manuel Pulgar Vidal
Líder Global de Clima y Energía
WWF Internacional
Presidente de la Comisión de Acción
Climática UICN
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